
Las primeras, casi todas de familiares, iban dirigidas a mis abuelos, a mi madre, y en la mayoría de los casos yo (sin saberlo) estaba incluida dentro de la coletilla “y Familia” que a veces se indicaba en el sobre.




Tras un año lleno de dudas, incertidumbre, miedos, decepciones y alguna revelación, lo he hecho: me cambio de trabajo. Ya es oficial y ya lo puedo decir sin miedo, sin el temor a que “se gafe” y sin ningún tipo de rencor hacía la todavía empresa para la que trabajo.
Han sido unos meses muy complejos, intensamente difíciles de llevar y la necesidad de cerrar una etapa de mi vida profesional era cada vez más apremiante. No puedo escribir sobre ello, sobre todo lo que me ha pasado, tal vez algún día lo haga, tampoco fue tan grave, pero aún tengo demasiadas dudas sobre quién puede leer o no esto, y quizá lo mejor sea no removerlo. Al menos por el momento.
Una gran oportunidad se me ha presentado, algo tan goloso y atractivo que es imposible decir que no: mejor sueldo, mejores expectativas, mejor calidad laboral, mejor horario, al ladito de casa…. Se dan tantos condicionantes y de un modo tan inmejorable que estoy algo aterrorizada, ilusionada sí, pero llena de pánico por momentos. No dejo de pensar: “¿lo haré bien?”, “¿mejor malo conocido que bueno por conocer?”, “¿encajaré en la empresa?”, “¡¡y ahora con la crisis….!!” y sobre todo “¿cometeré los mismos errores que cometí aquí?”.
El pasado lunes comuniqué a mis todavía jefes que me marchaba. No fue nada, nada, nada fácil, pese a que sé que no les ha sorprendido. Tal y como están las cosas por aquí lo que más les sorprendía era que me quedara, me lo han dicho, lo cual es muy halagador. Me han animado, me han deseado suerte y me han ofrecido billete de vuelta. Sé que la empresa, la dirección especialmente, está muy contenta con mi trabajo.
He aprendido tanto… He visto tanto… Espero que la experiencia me sirva y que haya calado. Que no se me olvide que nadie es más que nadie, que las primeras impresiones no siempre son las correctas, que no juzgue sin antes conocer…. Esa es la enseñanza que me llevo. Más autocrítica que victimismo, más aprendizaje que autocompasión.
Ahora a levantar la cabeza, si, pero sin prepotencia, sin soberbia, solo con seguridad.






Sé que alguna amiga muy especial lee mi blog, y que me gustaría poder decírselo en persona (para ver su reacción y de paso lucir una orgullosa sonrisa) pero me voy a arriesgar! Ya tenemos fecha cerrada para nuestra boda. Será el 26 de Mayo de 2012.
Nos casamos en mi tierra, Asturias. No podía ser de otra forma, no puedo imaginármelo de otro modo. El lugar era algo innegociable; también es verdad que no ha supuesto ningún problema para L., que es de Madrid.
Es raro, porque alguna gente, cuando se lo hemos dicho, me ha preguntado como fue el momento y yo me he quedado con cara de “¿einn?”…. “Si, si, mujer, ya sabes…. ¿Cómo te lo pidió?”
No ha habido una petición romántica, nada de lo que sale en las películas. L. no hincó su rodilla en el suelo, ni me regaló un anillo, ni yo me eché en sus brazos llorando. Nada de eso.
No negaré que me hubiera gustado que la idea de nuestra boda se hubiera forjado con una sentimental pedida de mano previa en la Puerta del Sol (donde nos conocimos). La verdad es que no sé muy bien que responder cuando me hacen esa pregunta.
Supongo que L. me lo pidió a los pocos meses de conocernos. Recuerdo una tarde de domingo, en invierno, los dos en la cama acurrucados y mirándonos a los ojos bajo una tenue luz. Hablando del futuro y de lo que nos gustaría hacer. Proyectando lo que poco a poco hemos ido cumpliendo: una relación, un compromiso, una vida juntos, una casa… Entonces le pregunté a L. si le gustaría casarse algún día y L. me miró y me dijo algo así como “si, si me gustaría casarme, pero sólo si es contigo”.
Desde ese momento, cada uno de nuestros pasos nos ha ido conduciendo a esa hipotética boda. Y el “cuando nos casemos” ha formado parte de nuestra relación siempre. Así que supongo que sin petición, sin violines, sin París, ni el Sena, también se puede crear uno su momento romántico.
Me gustaría poder utilizar este blog a modo de diario o crónica de los preparativos. Pero espero no convertirme en ese tipo de chicas “monotemáticas” ya sean con bodas, o las típicas que cuando son madres, todo gira en torno a sus bebés.
Prometo dosificar la información durante el año y ocho meses que tengo por delante, pero también me gustaría poder compartir lo que estoy viviendo en este espacio, el que empezara llamándose “Pensamientos de una soltera en Madrid…” ¿quién me lo iba a decir? ¿quién?

Uno de mis grandes defectos es que soy “muy sentida”, como diría mi madre. Es decir, me suelen afectar muchísimo las cosas, en lo que respectan al plano emocional, y suelo tener una poco conveniente tendencia al dramatismo. Además, con los años, he descubierto que padezco algunos de los síntomas de un síndrome o trauma, arrastrado probablemente desde de la infancia y que se llama “Síndrome de Wendy”, aquel que hace padecer un sufrimiento exagerado a las personas cuando notan que no son queridas o que no agradan a los demás lo suficiente.
Es triste reconocerlo, pero sé que en mi trabajo soy una de las personas menos queridas. Es como si notara ese resentimiento día tras día, minuto a minuto.
He de remontarme al año 2007. No entré con buen pie en mi empresa. Mi puesto era en parte codiciado por muchas personas del departamento que vieron frustradas sus aspiraciones de ascenso con mi llegada. Recuerdo ahora aquellos primeros días, en donde todas las miradas se dirigían a mí, con cierta incredulidad “¿esta niñata viene aquí y ahora a vigilarnos?”. Desde el minuto cero, sin yo tan siquiera saberlo, se formó ante mí un tejido acuoso de deseos fracasados y recelos de oficina.
Mi trabajo consiste en hacer preguntas, en revisar operaciones, en velar porque las cosas se hagan bien, en cuestionar y poner sobre la mesa lo incorrecto, lo incompleto, lo erróneo. Eso no gusta. Eso es incómodo. Eso es difícil.
Podríamos decir que mi figura laboral y yo, nos encontramos en una zona intermedia, en una especie de incómodo limbo jerárquico, en donde la base de la pirámide me odia y la cúspide aún no me acepta. En ese escalón intermedio soy el enemigo para los de abajo y el último mono para los de arriba. Estoy sola y me siento sola. A veces, deseo salir corriendo al baño y echarme a llorar; es en esos momentos cuando me siento más “Wendy” que nunca y me vengo al suelo pensando en que a nadie le gusto, a nadie le caigo bien y nadie quiere estar a mi lado.
Atravieso períodos de absoluto desprecio por esa gente, y me convierto en alguien frío, distante y la soberbia se apodera de mí. Quizá sea mi mecanismo de defensa o tal vez no, pero a veces no me queda otra que optar por esa actitud. Y he de decir que en algunas circunstancias no me ha venido del todo mal.
Después en según qué momentos intento mostrarme cercana, amable y cordial, pero entonces no me siento correspondida y vuelvo a mi posición inicial cual estatua de hielo. Siento que constantemente me humillan a mis espaldas y me formo películas en mi cabeza que es posible que sucedan más de lo que a mí me gustaría.
Este trabajo me produce muchas satisfacciones. Siento que crezco mucho, pero a la vez me somete a períodos personales muy desagradables y me hace sentirme pequeña, pequeñísima.
Esta mañana mientras comía, sola, en el comedor de la empresa, he mirado al resto, he levantado la vista de mi plato de arroz y me he dado cuenta que era triste comer con tanta gente y al mismo tiempo tan sola. He echado mucho de menos a L., mi antigua compañera, y he pensado que todo era más fácil cuando ella estaba. Luego he suspirado un poco y me he reconfortado pensado en la maravillosa casa que tengo, en lo bonita que está quedando, en que L. me quiere y en que pronto comenzaré con todos los preparativos de nuestra boda.
El mundo se ha hecho un poquito más grande y he vuelto a recobrar la sonrisa. Aunque mañana cuando vuelva a entrar por la puerta de la oficina un chaparrón nublado me transforme nuevamente en “Wendy”.
Siempre he tenido cierta tendencia a la anticipación, a poder intuir instintivamente lo que va a pasar o lo que ha pasado, a eso que llaman “atar cabos” y pronosticar. Tampoco lo considero un don divino, pero sí una especie de rara virtud que algunas veces me ha ayudado a desenvolverme en según qué circunstancias.